Cómo era Ana. ¿De qué tuvo miedo?

1996 Ana pasando la fregona

El otro día me encontré con Ana en una gran superficie. Estaba con su marido e hijo. Habían pasado algo como 20 años desde la última vez que nos vimos. Fue después de hacerle este dibujo. Parecía serena, y ya parecía tener edad, más o menos la misma que la mía.

Ana era una de esas mujeres jóvenes, y a la vez sin edad. Sin preparación, pero una gran trabajadora, porque eso es lo que le habrían enseñado en su familia.. Era de esas mujeres que habían heredado el físico de sus antepasados. Tenía el corazón en la mano, y a la vez era de una sensibilidad tremenda.

Me alegró verla y sin embargo, el recuerdo que seguramente más nos une, no es este dibujo.

Un día ,  al finalizar la jornada de producción, cuando uno ya está cansado de la labor realizada, estaba limpiando una máquina. Recuerdo muy bien que era la de «rellenar pimientos». En plena faena,  sin querer  le dio al botón de encendido. La máquina empezó a girar y repentinamente se oyó un grito estridente. Era de su compañera, la que estaba limpiando con ella la máquina.  A su compañera,, rapidamente se la llevaron al hospital para intentar salvarle la mano.

Había ocurrido un accidente grave. La compañera nunca recuperará la movilidad de uno de sus dedos al completo, pero al menos no lo perdió. Tras esta horrible experiencia se marchó de la fábrica. El terror de poder volver a vivir una experiencia similar hizo que se sintiera incapaz de seguir trabajando en esa nave.

La vida es dura y mientras unas cantaban para hacer su labor más llevadera, otra gritó. Todo el mundo sabe que eso puede pasar y sin embargo la costumbre es enemiga del cuidado y del peligro.

La culpabilidad causada por un momento de falta de atención hizo que Ana tuviera un ataque de nervios.  Estaba aterrada solo de pensar lo que había sido capaz de hacer, sin querer. Estaba temblando en una silla paralizada por el miedo, paralizada por ella misma.

Me es duro escribir estas líneas porque aunque haya pasado el tiempo es de estos recuerdos que uno arrincona en lo más lejano y profundo de su memoria…

El otro día intercambiando opiniones sobre la situación actual con un empresario, sobre temas de motivación, de compromiso, absentismo, mencionaba cómo el miedo paraliza a las personas.

Pero cuando hablas de miedo, suelen llegar a tu mente esos peligros físicos,  tan evidentes.  En el mundo fabril el miedo  es patente, pero es parte del día a día, está ahí y es parte de la vida, del riesgo de trabajar, parte del coste de ganarse la vida. Lo mismo que en la construcción, en el mar, en las minas, en la carretera y en tantos otros trabajos, y lo sabemos, hasta en la educación.

En el mundo de los servicios es diferente. Uno no está realmente en peligro físicamente. Todo es más sutil.

Los que suelen tener más información y piensan que sus posiciones no corren peligro, no viven el miedo en primera persona. Los que son inconscientes tampoco, pasan por el mundo como si nada fuera con ellos.

Pero a aquellos que son medidos con objetivos diarios, ven cómo su cabeza, su puesto de trabajo peligra en cada instante. la angustia se apodera de ellos de una manera mucho más escondida que en el caso de Ana con su crisis de nervios. El comportamiento es diferente. Las personas pierden los papeles, y con tal de alcanzar sus objetivos, no saben ya ni lo que hacen ni cómo lo hacen. Se ponen a gritarle al cliente si con eso entienden que pueden conseguir más resultados. Van urdiendo estrategias para saber cómo conseguir más dinero, aunque sea haciendo cosas ya no poco éticas, si no ilegales. Esto no tiene edad. Empiezan a mentir, a esconder, tienen miedo del castigo, del despido y pierden la serenidad. Pierden sus valores si es que los tenían, o les falta inteligencia y criterio, o es simplemente el miedo que se apodera de ellos, haciendo que además pierdan su honra y su orgullo personal y profesional. 

Empleados o empresarios, qué más da. Cuando el miedo acecha, todos somos iguales.

El año en el que Marina y Jericó publicaron sus libros sobre el miedo, analizaban cómo uno puede o debería de comprender las consecuencias del miedo y cómo enfrentarse a él. Pero no habíamos llegado al miedo colectivo. Hablábamos de miedo en época de bonanza.

La incertidumbre genera miedos, los despidos generan miedo, los cambios siempre han generado incertidumbre y miedo.  Y el miedo paraliza a la gente.  Y ahora, hasta el que consiguió mantener la cabeza fría y serena, hasta él empieza a tener síntomas anómalos.

Cuál es esa comunicación que puede disminuir la incertidumbre. ¿Cuáles son esos proyectos que pueden volver a crear esperanza y fe? ¿Se es consciente de la importancia de la comunicación en estos momentos más que nunca dentro de  las organizaciones?

¿El confiar en mi jefe me permitirá motivarme si es un buen jefe?, o ¿me pregunto cuánto tiempo tendré la suerte de tenerlo como  jefe, porque a saber si a él le mantendrán el puesto de trabajo? Y se me pide que trabaje más, que esté más comprometido, pero ¿comprometido con qué?, ¿con hacer más de lo mismo en mayor cantidad que ayer?

Es cierto que un proyecto alentador tiene que ser liderado por una persona que genere confianza. Pero ese proyecto es el que están esperando tantas personas, para saber que se puede luchar y salir adelante. Para saber que el futuro será diferente y es el momento de asegurar que sea mejor. Hoy es cuando quiero saber si me puedo unir y subir a un carro dando lo mejor de mí, sabiendo los riesgos que corro, pero teniendo la oportunidad de luchar también para sacar a flote esa embarcación que parece que se está hundiendo.

Es en los momentos más difíciles es cuando todos estamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos. ¿Pero cuál es el proyecto? ¿Y qué se hará diferente esta vez para conseguir vencer, reconstruir, salir adelante? 

¿Quién me contará este proyecto, con qué pasión, cómo compartirá sus miedos conmigo?

El futuro será lo que construyamos con valor, más allá del miedo, porque la voluntad de supervivencia es un factor más que humano.

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